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Entre el interés individual y el colectivo: la búsqueda del bien común

  • Foto del escritor: Cristian Anderson Jambo Cruz
    Cristian Anderson Jambo Cruz
  • 27 sept 2024
  • 5 min de lectura

Actualizado: 20 oct 2024

Hemos pasado por diversas etapas a lo largo de la historia, períodos en los que el poder se ha manifestado en la sociedad de múltiples formas, algunas veces hasta ha detentado en maneras despóticas. El interés colectivo en miras de lograr un bien común no siempre se ha concretizado en los pueblos. Es así que el individualismo surgido durante el siglo XVIII, desde su concepción ilustrada, ha dado diversas perspectivas del mundo; lo que ha generado a su vez la aparición de otras doctrinas políticas de intervencionismo moderado, tales como el socialismo democrático o el actual neoliberalismo (corriente cuya implicancia apareció en nuestro país a finales del siglo pasado). Por otro lado, en contraposición, se encuentran las concepciones que surgieron por medio de ideologías más radicales, como la doctrina marxista o los nacionalismos que imperaron a mediados del siglo XX. Cabe preguntarse entonces si las concepciones totales o extremas del mundo han brindado algún beneficio directo hacia las poblaciones sobre las que recaían estas formas de poder.


Muchas veces, suele ocurrir que el extremismo resulta poco favorable si no se sabe cómo manejarlo, el cómo dirigirlo hacia la realización del bien común. Se ha evidenciado este problema a lo largo de la historia en diversos momentos.


No podemos negar que la finalidad que debería cumplir el Estado frente a una población es la defensa del bienestar de los pobladores. Sin embargo, resulta relativo hablar sobre este tema. Todo depende de a qué consideremos “bien común”. Se podría decir que está constituido por tales o aquellas condiciones sociales que promueven el desarrollo de la personalidad de los habitantes, lo que favorezca por tanto la realización de los hombres. Sin embargo, esto no es más que una concepción individualista del bien común, la cual se fundamenta en la defensa de la libertad de los individuos, siempre y cuando no se afecte lo ajeno. Esta manera de entender a la finalidad del Estado imperó sobre todo durante los siglos XIX y parte del siglo XX. Se creía en aquel entonces que la intervención pública era innecesaria para regular las relaciones en la sociedad. Sin embargo, gracias a las ideas individualistas, se desarrolló una actitud indiferente del Estado, pues se hacía inevitable que el poder recayera casi que completamente sobre los particulares. Además, se pecó de grandes injusticias. Se cayó en un imperialismo (el cual desató las guerras mundiales que asediaron a las poblaciones) y en la supremacía de ideas que pertenecían a minorías y que desnaturalizaban todo tipo de autodeterminación. Se dio así una contradicción entre libertad y bien común, por lo que podemos afirmar que la intervención del Estado resulta necesaria por más que se haya tratado de desvalorizar por este tipo de doctrinas individualistas.


Actualmente, por lo menos en las naciones occidentales, se percibe cierta tendencia intervencionista que le ha permitido a los Estados mejorar los sectores sociales de sus respectivas jurisdicciones. Tal es el caso de países de primer mundo, donde se ha alcanzado un nivel de calidad de vida en que no se evidencian clases sociales tan marcadas como en naciones de poca capacidad industrial, tales es el caso del Perú, país que ha demostrado poco desarrollo en los últimos años por diversos factores; siendo uno de ellos la corrupción que hasta estos días nos mortifica.


Por otro lado, partiendo del supuesto del carácter necesario del intervencionismo, nos preguntamos hasta qué punto este resulta favorable. Existieron en épocas pasadas doctrinas que concebían a la intervención del Estado como un medio para lograr sus objetivos políticos. Nuevamente, el extremismo con que se han ido forjando doctrinas políticas (el marxismo entre ellas) ha detentado en un despotismo que ha desconocido las libertades individuales. Si pudiéramos concebir al Estado como un organismo vivo tendríamos que negar la individualidad de los pobladores, lo cual resulta contraproducente. Tampoco es que el punto esté en desvalorizar completamente la doctrina marxista. A pesar de las críticas que esta recibe actualmente, ha servido de alguna manera a diversos campos del conocimiento; por lo que el problema estaría más en la idea de limitar las libertades. Sin embargo, a pesar de que cuenta con un fundamento lógico, no se puede aplicar al cien por ciento. Se afirma actualmente que, a largo plazo, los Estados o federaciones que han aplicado este tipo de tendencias, o no han trascendido lo suficiente gracias a ellas, o se han ido modificando hasta adquirir ideologías distintas de las que proclamaron en el pasado. Es así que un intervencionismo extremo, tal como lo plantea la teoría marxista y si no está liderada por un buen dirigente, no ha de ser próspera.


Posteriormente a la revolución rusa u otros eventos históricos relevantes, surgieron otras ideologías totalitarias: el fascismo y el nazismo. Estas doctrinas nacionalistas se impusieron durante la época de la segunda guerra mundial. No hay mucho qué mencionar de estas posturas, solo que erraban al creer que lo que determinaba el cambio en la visión del mundo de los hombres era la raza.


Acercándonos más al Perú, podemos mencionar el totalitarismo aplicado por Sendero Luminoso (PCP-SL), cuya ideología defendía la uniformidad del pueblo frente a la igualdad. No concebían a la persona humana con un carácter subjetivo individual. Más bien, para ellos lo que verdaderamente importaba era direccionar, hegemonizar y concentrar el poder en un solo dirigente político; así como en su pensamiento. El problema no radica especialmente en este punto, sino en la idea de que el bien común de la sociedad debía surgir a través de una represión que invadía las libertades de las personas. El totalitarismo que se aplicó en aquella época, uno que promueve el terror como método para interferir en la subjetividad de los ciudadanos desde dentro, recae en prácticas inhumanas que no hay manera de defenderlas.


Es por eso que, el fin del Estado no se puede fundamentar en posiciones individualistas que denigren a ciertas clases sociales de poco status o poder adquisitivo. El liberalismo, o neoliberalismo (como se conoce actualmente), peca de desmeritar la intervención estatal, además de solo garantizarle el bien común a aquellos que gozan de privilegios frente a otros. Por otro lado, el totalitarismo, al tomar una concepción que persigue la universalización de los pueblos, presenta problemas de represión y desconocimiento de libertades individuales, entre otros; dependiendo de a qué doctrina nos referimos.


El extremismo, por ende, no representa una opción auténticamente favorable cuando no se aprende a cómo dirigir el poder adoptado. A pesar de que la finalidad del Estado depende de la ideología o doctrina que se adopte, no podemos negar la importancia del bien común en la sociedad, siendo este último el principio rector del desarrollo de un Estado. En el caso de nuestro país, debería plantearse una visión más clara respecto del gobierno, además de una mejora en las ideologías que proponen los partidos políticos existentes y la educación que recibe la población; para así promover una mejor distribución de la riqueza, la cual se logra analizando con convicción los factores que influyen en un determinado Estado.

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